Estas son las primeras líneas que estoy escribiendo para un proyecto de ficción. Espero que os guste 🙂
No conocía lo que era la saciedad, aunque en algún momento la envidié, sería el entusiasmo de lo desconocido.
Alguna vez intentaron explicarme lo que era la fortuna cuando a mi cuello abrazaba el yugo dorado de la gloria. No valían explicaciones. Eran todas vagas y erróneas. Como quien a un niño a una piruleta encadenado le intentan explicar lo que es la felicidad.
Cuando ya tengo la felicidad, solo quiero más piruletas, y si no lo entiendes me compadezco, si eres de los que encuentra la felicidad en un mentol.
Los que me hablaron de placer no supieron decirme a que sabía el fuego cuando acaricia la forma del éxtasis.
No pretendo ser arrogante, de hecho todo lo contrario, admiro la capacidad de satisfacción, normalmente venérea, inherente a los seres mundanos que hace que por creer entender algo somos parte del mundo, como si Eva del paraíso hubiera sido expulsada por no entender lo que aquella dentellada significaba, y así puedan alegrarse, enfadarse, redimirse o manifestarse en él o contra él. Pero me causa gracia la absurdez de las conjeturas a partir de las cuales las personas creen firmemente saber de lo que están hablando, ponerles pasión como si hubieran vivido hasta el límite más recóndito de cada sentimiento esbozado con torpeza en sus atrevidos relatos, incluso atreverse a articular alguna palabra sinónima a “fehaciente” cuando denotan la fugaz duda en el rabillo del ojo de la señora sentada a tres mesas y que únicamente está escuchándote porque sólo la arrogancia suena más alto que el timbre de cualquier voz. Todo esto lo provoca la saciedad precoz, la de la avaricia rompe el saco, la de más vale pájaro en mano que ciento volando.
En fin, no conocía lo que era la saciedad, pero también me costaba encontrar el placer, lo lógico es pensar que todo esto está relacionado y, de hecho, así lo pensaba. Jamás llegué a imaginar, ni por un solo instante, que placer y saciedad podían estar fusionados en un mismo frasco, eso sí, del perfume más exquisito y caro, y que podía ser tanto o más adictivo que la frustración de rozar el deleite sin sumergirte en toda su bienaventuranza.