pensamiento primero tras la marcha

Nos quisimos demasiado como para querernos bien. Acelerábamos sin frenos cuando el mundo nos pedía calma y nosotros ansiábamos efimeridad. En la era de las pseudorelaciones y los corazones rotos el más mínimo atisbo de belleza en sentimiento nos produce horror cuando debería causar devoción.

Por humanidad.

Eso fuimos nosotros, humanos. Nos tocó vivir en la época equivocada para enamorarnos. En el orbe de la evolución en su máximo pico nos da vértigo cualquier realidad que abarque una nación de dos. Y sólo dos. Tú y yo.

Tres son multitud, pensé, cuando a nuestra nación inmigró el miedo. Qué estupidez.

Miedo de qué.

Por ese miedo estoy ahora escribiendo mientras mi piel recuerda tus dedos retozarse por mi cuero cabelludo y haciendo, a la vez, una lista de todas las razones por las que decidí que no era suficiente cuando el problema era que eras demasiado.

Me mentí a mí misma por error y terror, y ese fue el momento en el que empecé a dolerme por dentro, y después de tantos años en el tren de la vida me di cuenta de que todavía no había llegado a ella, que todo aquello solo era el viaje. Y sólo me he dolido (sí, a mí misma) cuando me he topado con el hueco entre el andén y mis pies.

La realidad me lo puso fácil: era mi turno.

Yo decidía si bajarme o no:

Sigo viendo los campos verdes y los andenes al paso del ferrocarril sabiendo que si no me bajo pronto solo habría una cosa más dura que el acero sobre el que se deslizaba mi existencia: mi corazón.

Moriré aquí dentro, me dije al vencer la vigesimoprimera estación cuando os vi bajar del tren: a ti y a mi esperanza por empezar a vivir.

Advertisements

las cándidas horas

Estas son las primeras líneas que estoy escribiendo para un proyecto de ficción. Espero que os guste 🙂

No conocía lo que era la saciedad, aunque en algún momento la envidié, sería el entusiasmo de lo desconocido.
Alguna vez intentaron explicarme lo que era la fortuna cuando a mi cuello abrazaba el yugo dorado de la gloria. No valían explicaciones. Eran todas vagas y erróneas. Como quien a un niño a una piruleta encadenado le intentan explicar lo que es la felicidad.
Cuando ya tengo la felicidad, solo quiero más piruletas, y si no lo entiendes me compadezco, si eres de los que encuentra la felicidad en un mentol.
Los que me hablaron de placer no supieron decirme a que sabía el fuego cuando acaricia la forma del éxtasis.
No pretendo ser arrogante, de hecho todo lo contrario, admiro la capacidad de satisfacción, normalmente venérea, inherente a los seres mundanos que hace que por creer entender algo somos parte del mundo, como si Eva del paraíso hubiera sido expulsada por no entender lo que aquella dentellada significaba, y así puedan alegrarse, enfadarse, redimirse o manifestarse en él o contra él. Pero me causa gracia la absurdez de las conjeturas a partir de las cuales las personas creen firmemente saber de lo que están hablando, ponerles pasión como si hubieran vivido hasta el límite más recóndito de cada sentimiento esbozado con torpeza en sus atrevidos relatos, incluso atreverse a articular alguna palabra sinónima a “fehaciente” cuando denotan la fugaz duda en el rabillo del ojo de la señora sentada a tres mesas y que únicamente está escuchándote porque sólo la arrogancia suena más alto que el timbre de cualquier voz. Todo esto lo provoca la saciedad precoz, la de la avaricia rompe el saco, la de más vale pájaro en mano que ciento volando.
En fin, no conocía lo que era la saciedad, pero también me costaba encontrar el placer, lo lógico es pensar que todo esto está relacionado y, de hecho, así lo pensaba. Jamás llegué a imaginar, ni por un solo instante, que placer y saciedad podían estar fusionados en un mismo frasco, eso sí, del perfume más exquisito y caro, y que podía ser tanto o más adictivo que la frustración de rozar el deleite sin sumergirte en toda su bienaventuranza.

de todas

A nosotras,
que nos supimos libres
y humanas,
con ganas de todo
sin derecho a nada.

A nosotras,
que con las alas bajas
alzábamos la mirada,
para rozar el cielo
con nuestras pestañas.

A vosotros,
que sin caras largas
os devolvemos la sonrisa
con las faldas cortas
sin pensar que la brisa
empine vuestras ganas
de prisa.

A todos os diremos,
que con pena y lucha,
no nos rendiremos,
y que grite el que no escucha,
aún así venceremos.

Mantendremos la batalla,
hoy, mañana y siempre,
y aunque me digas “Calla”,
aunque alegues a mi talla,
te llevaré al mundo donde la igualdad se halla, donde ya no soy tu lacaya.

Y quitarles el derecho,
a las llaves entre mis dedos,
de ser síntoma de mis miedos,
y de las bombas en mi pecho,
buscando que alguien escuche mis credos.

Ahora búscame entre mis hermanas,
que no hay cárcel más libre y hermosa,
que la que nos mantiene vivas y sanas.

Y sentirme diosa,
por no sentirme tu cosa,
ni estar en una fosa,
por haber sido sosa.

ESCÚCHANOS, UNÁMONOS, GRITEMOS Y ASÍ VIVAMOS.

No hay gloria más grande que la de tener la libertad para estar vivas en esta guerra y de poder gritar sin miedo todo lo que nuestro corazón encierra.

de todas las cosas

De amistad, de confianza, de empatía, de sensibilidad, de sinceridad, de complicidad, de cariño, de amor, de nostalgia, de idas, de venidas, de traiciones, de embestidas, de relaciones, de oro, de plata, de cobre, de todo lo que parezca brillante, de nada, de gritos, de disputas, de hitos, de un te quiero pronto y un te odio ronco. De todas las cosas que tu mente inquieta y sucia pueda imaginar. De ti, de mí, de nuestro mundo hecho pedazos, o más bien el mío.
De nuestra vida. De todo eso está hecho mi recuerdo.
De todo aquello que quiero olvidar.
De todo aquello que no puedo olvidar.

a luces ciegas

Ven a mi cama y siente mi aliento, dime que me acerque o no lo digas, sólo hazlo.

Roza tu nariz contra la mía, en la oscuridad rota por las pequeñas luces entre las persianas.

Sentirnos en nuestra respiración, notar el latido del corazón, el tuyo, el mío, al mismo tiempo:

el nuestro.

Posa levemente tus labios sobre los míos y apártate, déjame asimilar y coger aliento para el próximo beso.

Bésame.
Con todo.
Tócame.
El alma.

de piratas y corrientes

Fuera de sí.

Las horas avanzan y no sé cómo funciona el reloj. Necesito parar el tiempo. El instante cesa y se avecina la siguiente tormenta, no hay rumbo ni salida,

solo dolor.

Una nueva furia acompaña al resorte del tiempo. Las agujas amenazantes arriban como un pirata a tierra buscando el siguiente tesoro.

El cofre está vacío.

La lluvia ya rebosa el sifón y el sol está tímido por salir hoy; y ayer; y mañana,

y siempre.

Estática, hago tiempo hasta que me alcance la vida. O la muerte. No sé.

¿No es el destino el que tiene que arribar y no yo? ¿No está todo escrito y todo viene cuando menos te lo esperas?

Tal vez no y alguna parte de mi sigue en la orilla, viendo como mis huellas se pierden con la espuma de cada ola.

Olas, movidas por una luna llena que no entiende de justicia soportando navíos a merced de una marea sin causa, pero ¿somos la ola y somos el navío? ¿Y si fuera el capitán el único capaz de contener el péndulo?

Se lo pregunté: ¿Tienes tú, pirata, la forma de parar el tiempo?

Me contestó que los piratas no saben de relojes, pero si de brújulas, y que, en lugar de cambiar el tiempo, que sirve a la corriente, cambia el rumbo del que es dueño mi corazón: mi pirata.